Colombia–Estados Unidos: la hora de recomponer una alianza estratégica
Colombia se aproxima a las elecciones de 2026 en medio de una coyuntura que trasciende el relevo político ordinario. Está en juego no solo la orientación del próximo gobierno, sino la arquitectura misma de la democracia, la estabilidad institucional y el lugar del país en un sistema internacional cada vez más fragmentado y competitivo. En ese contexto, la relación con Estados Unidos —histórica, profunda y estratégica— emerge como un eje que debe ser recuperado con visión de Estado, consenso interno y pragmatismo geopolítico.
El país enfrenta un cambio de época. La polarización, el populismo y los atajos ideológicos han erosionado la capacidad de pensar en el largo plazo. Superar los cantos de sirena exige liderazgo responsable, unidad nacional y una reflexión serena sobre el país que se quiere construir no solo para el próximo cuatrienio, sino para las próximas generaciones. Persistir en la confrontación estéril y trasladar rencores del pasado al futuro colectivo es una irresponsabilidad histórica.
En este marco, la política exterior colombiana atraviesa uno de sus momentos más bajos en décadas. La ausencia de dirección estratégica, la debilidad institucional de la Cancillería, la improvisación, la politización del servicio exterior y el deterioro de la carrera diplomática han comprometido el interés y la seguridad nacional. La falta de diálogo de alto nivel con aliados tradicionales, el distanciamiento del sector productivo y académico, y las señales contradictorias hacia la comunidad internacional han reducido la voz, la credibilidad y la capacidad de influencia de Colombia.
La consecuencia más visible de este desorden ha sido el debilitamiento de la relación con Washington. Bajo la actual administración, una lectura ideológica del mundo ha buscado desplazar el eje tradicional de alianzas, relativizando la cooperación en áreas sensibles como la lucha contra el narcotráfico y el crimen transnacional, la cooperación judicial, el comercio, la migración y la seguridad regional. Paralelamente, se ha privilegiado un acercamiento acrítico a regímenes que hoy representan una amenaza para la estabilidad hemisférica, como el narco-autoritarismo venezolano, con impactos directos sobre la seguridad en el Caribe y la región andina.
La geopolítica no admite ingenuidades. Mientras el crimen organizado se transnacionaliza, las rutas del narcotráfico se reconfiguran y actores extrahemisféricos ganan influencia, Colombia no puede darse el lujo de la ceguera estratégica. Como advirtió José Saramago, hay quienes “ven, pero no miran”. Ignorar las dinámicas hemisféricas tiene costos concretos en soberanía, seguridad y bienestar.
El cambio de administración en agosto de 2026 abre, sin embargo, una ventana de oportunidad. Reconstruir la relación estratégica con Estados Unidos debe partir de un amplio consenso nacional y preservar su carácter bipartidista en Washington. Se trata de una alianza de más de dos siglos, basada en el diálogo, la cooperación y el respeto mutuo, con Estados Unidos como principal socio comercial, inversionista y actor clave en la agenda global de Colombia.
Durante el próximo año, el acompañamiento internacional será crucial para la defensa de la institucionalidad, la separación de poderes y la integridad del proceso electoral. La democracia colombiana es un pilar de la democracia latinoamericana; su debilitamiento tendría efectos sistémicos en la región.
Mirando al período 2026–2030, Colombia necesita una política exterior para el desarrollo: una diplomacia al servicio de los ciudadanos, orientada a salvaguardar los intereses nacionales, fortalecer la seguridad, promover la prosperidad y el desarrollo humano, y reafirmar la identidad democrática y cultural del país. Ello implica principios claros: autonomía estratégica, Respice Omnia, multilateralismo renovado, respeto al derecho internacional, buena vecindad y consenso interno.
En esa línea, la reconstrucción de la agenda con Estados Unidos debe ser ambiciosa y realista. El ejercicio propuesto desde el Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales apunta a recuperar el rol de Colombia como aliado clave en la región andina y Sudamérica. La cooperación contra el narcotráfico y el crimen transnacional, la asistencia militar, policial y judicial, la gestión de la migración, y la promoción del comercio, la inversión y el turismo deben ser ejes centrales.
La propuesta de un Plan Colombia 2.0 sintetiza esta visión: una estrategia adaptada a las nuevas amenazas, con énfasis en seguridad, justicia y desarrollo social, donde Colombia asuma la mayor responsabilidad fiscal y Estados Unidos aporte cooperación política, inteligencia y apoyo estratégico. Complementariamente, una instancia interamericana contra el crimen organizado, el fortalecimiento de la cooperación judicial, el aprovechamiento del TLC bajo esquemas de friendshoring, y el impulso al nearshoring, energyshoring y mining-shoring posicionan al país en las nuevas cadenas de valor.
Nada de esto será posible sin “hacer la tarea en casa”. El nuevo orden internacional exige abandonar paternalismos y actuar con recursos propios, visión plural y una inserción inteligente en el mundo. El multilateralismo renovado, junto con una actualización de la OEA y una mayor coordinación hemisférica —incluida una iniciativa robusta para Haití—, debe formar parte de esta estrategia.
En un mundo donde lo interno y lo externo se entrelazan, la política exterior ya no es un asunto secundario. Como recuerda Tony Blair, hoy puede definir la estabilidad interna de los países. Colombia necesita liderazgos renovados, con conocimiento, experiencia, capacidad de negociación y humildad; capaces de generar confianza, comunicar con claridad y actuar con los pies firmes en la tierra.
Recuperar la estabilidad y la prosperidad de Colombia es una condición para la estabilidad regional. Reconstruir la alianza con Estados Unidos no es un acto de subordinación, sino de realismo estratégico. Es, en definitiva, una apuesta por una Colombia democrática, próspera y soberana, para todos los colombianos.
